El príncipe es un tratado político escrito por Nicolás Maquiavelo en el siglo XVI, redactado en 1513 y publicado póstumamente en 1532. Examina de forma directa cómo un príncipe puede adquirir y conservar el poder.
A Maquiavelo se le atribuye popularmente una de las frases más conocidas de la teoría política: El fin justifica los medios. La fórmula no aparece literalmente en la obra y simplifica su reflexión sobre la relación entre fines políticos y medios.
Para Maquiavelo, un príncipe debe garantizar la estabilidad de su gobierno, incluso si para ello tiene que utilizar la violencia. Es lícito, e incluso necesario, utilizar la fuerza para mantener el poder, siendo a veces necesario ser temido.
Sin embargo, el autor también advierte que el príncipe debe evitar el odio de sus súbditos y respetar sus bienes y sus familias si quiere conservar el Estado.
El príncipe es una obra de realismo político: pone su foco en explicar cómo funciona el poder político en la Italia renacentista.
Para la edición digital del libro El príncipe se ha utilizado la traducción de José Sánchez Rojas de la editorial Calpe, Madrid (1924), con origen en Wikisource.
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Poder Ética y moral Estado Gobernanza Maquiavelismo
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Hay tres clases de intelecto: el primero discierne por sí; el segundo entiende lo que los otros disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo que los otros disciernen. El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil.
El odio se gana tanto con las buenas acciones como con las malas. Un príncipe, para conservar el poder, es a menudo obligado a ser perverso, porque cuando el grupo (ya sea pueblo, soldados o nobles) del que juzga necesario para mantenerse, está corrompido, es conveniente seguir su capricho para satisfacerlo, pues las buenas acciones serían tus enemigas.
Un príncipe no debe tener otro objetivo, ni otra preocupación, ni debe considerar como suyo otro estudio que el de la guerra, su organización y su disciplina. Porque éste es un arte necesario exclusivamente para quien manda.
No hay manera de evitar la adulación que hacer entender a los hombres que no existe ofensa al decir la verdad; y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto, un príncipe prudente debe preferir una tercera vía: rodearse de los hombres de buen juicio.
La mayoría de los hombres, mientras no se les prive de sus bienes y de su honor, viven felices; entonces, el príncipe es libre para combatir la ambición de las minorías.